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De Quimeras y Ensoñaciones

El aparecido

El aparecido Me cuentan que en las noches sin luna suben lamentos por el camino que los lugareños a veces confunden con la brisa entre las ramas ó el gemido de las gatas en celo a los lejos.
Suben gemidos por el camino. Sollozos de diverso acento, de diverso tono, unos graves, otros agudos, que tan sólo oyen, a miles de kilómetros, los parientes de los desaparecidos.
La sombra de los álamos se cimbrea en la distancia, junto a un camino polvoriento de la ruta del peregrino, a la salida del pueblo, por el cual, en las noches sin luna suben lamentos confundidos. En las noches sin luna.
Crecen hierbajos a los pies del pozo, plantas que se riegan con el agua sacada con la polea que cuelga sobre la cruceta de hierro que se ancla en el brocal y sostiene una soga en cuyo extremo baila un caldero de metal, de pesado y reluciente bronce que brilla cual si lo hubiesen recién pulido, recién parido de la fragua de Vulcano, para saciar la sed del caminante que pasa, da las gracias y deposita dichoso una moneda en el pozo, en el pozo de los deseos.
La sed se sacia, el deseo se pide, se dan las gracias, se besa el caldero, se descansa a la sombra de los álamos del camino, se toma pan con queso, se canta, se lava la cara, se regala una moneda que baja por una garganta oscura y se la oye chapotear creando olas en el mar, en el fondo oscuro de un pozo que escucha en silencio los deseos y decide si son merecidos en un consejo de sabios que se reúnen formando un corro alrededor del premio recibido.
El agua tiene un don especial, tiene duende, tiene alma, sabe y entiende, entiende de monedas falsas y monedas de plata, por ello cuando una se zambulle portando su deseo dentro, entre el líquido y frío elemento, es capaz de discriminar, de discernir aquellas que aportan algo, de las que andan vacías de sentimientos y las guía hacia el fondo, hacia el reino de los sabios, colocándolas cruz ó colocándolas cara.
Los deseos nimios, frívolos y ampulosos son rechazados de inmediato, no se les hace el más mínimo de los casos, es cuando el agua del pozo deposita la moneda con la cara oculta y la cruz mirando hacia fuera.
Si sale cara, guiada por las frías aguas, es por que la moneda encierra deseos imposibles, quiméricos y utópicos y ningún sabio tiene el poder de concederlos.
Y así son el 99 % de los deseos. Olvidados, rechazados, no atendidos.

Pero hay monedas que se tambalean, pelean, luchan con fuerza por mantenerse, incluyen deseos realizables al alcance de los mortales y el agua las conduce hacia la asamblea donde se debatirá la acción a realizar. Poseen un brillo especial, un sabor amargo, visos de realización, retazos de maldad, de maldad pintada en la cara, de desgracias esculpidas en la cruz. Son deseos malignos, negativos, de venganza, de tragedias sobre cabezas ajenas, peticiones de daños morales, materiales ó espirituales, y es cuando el pozo decide, decide a tiempo, antes que el destino se haga infortunio y la realidad se vista de desventura, antes que los hombres deseen realizar por sus propias manos los hechos deseados, y como jueces de un futuro aun venidero, anticipándose a ello, los sabios juzgan y dictan sentencia de muerte, el viento cimbrea los álamos del camino, la arena ciega los ojos, unas manos invisibles que empujan suavemente a un caminante pedigüeño de viles deseos hacia un abismo, se escucha un grito y un cuerpo cayendo hacia el infinito y un chapoteo entre las aguas, seguido de un lamento, lamento que se escuchará las noches sin luna, cuando los espíritus malditos ascienden por la pared hasta el brocal del pozo, donde expiarán sus culpas y llorarán con gemidos sentidos sus patéticos deseos de desdichas y desastres ajenos, y sus propias cabezas quedarán esculpidas esa noche en la roca, que tan sólo el agua y los gatos puedan verlas, y por sus bocas se escaparán los sonidos de súplica implorando ante los álamos del camino la libertad de su encierro y el perdón de sus malos deseos
En esa noche, cuando en otros lugares, en sus sueños, hay personas que les llegan sus susurros con palabras de perdones y arrepentimiento.
Sólo en las noches sin luna se oyen las disculpas.
Los lugareños cuentan que hay noches, que mezclados con los lamentos que suben por el camino se oye el chirriar de la soga y un caldero ascendiendo que ellos confunden con el croar de las ranas y el silbido del viento, pero el pozo sabe que es un espíritu que ha pasado la prueba del purgatorio, ha sido rescatado del fondo del pozo, ascendido en volandas en un caldero de bronce reluciente y ha de seguir camino, una nueva etapa, tras pagar y expiar su culpa, tras comprobar los sabios que no queda rastro de deseos malditos en su moneda falsa que un día arrojó al pozo de los deseos, y ellos escuchan como los mortales, en el nuevo día, le llaman “el aparecido”.

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